España huele a tierra quemada. Como si las hordas de Atila hubieran
arrasado estas viejas tierras ibéricas no dejando resquicio para la esperanza.
El nuevo Atila se llama Rodríguez Zapatero. No procede de las estepas asiáticas
ni come carne seca mientras cabalga ni duerme sobre su caballo. Todo lo
contrario, Zapatero procede de una familia acomodada, de las de colchón blando
y buen mantel.
Juan
Urios Ten (o Uríos, según el coronel José Antonio Obregón) es el presidente del
voluntariado de las Fuerzas Armadas en Castellón, dependiente de la Real
Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas, presidida en Castellón por el
popular Paco Merino, coronel de la Guardia Civil. Juan Urios es coronel del
Arma de Infantería y especialista en carros de combate. El voluntariado,
mayoritariamente, está formado por viejos veteranos de nuestros ejércitos y por
sus mujeres y, en una mínima parte, por profesionales universitarios, entre los
que tengo la suerte de encontrarme.
En el bar “Kubala” de Calamocha, cuando la selección española marcaba
un gol en los recientes campeonatos mundiales de fútbol, el dueño apagaba las
luces y todos los clientes al unísono entonaban entusiasmados el conocido
pasodoble “¡Y viva España!”. La
canción, entre la euforia desbordante de los presentes, se repetía al final de
cada partido. Los clientes del “Kubala” son en su mayoría gente joven, y cada
uno portaba su correspondiente bandera, bufanda o camiseta. Otra enorme bandera
roja y gualda, con el escudo nacional, adornaba el local, detrás del mostrador.
La imagen del Zapatero ojeroso, nervioso e inseguro, desde la tribuna
de oradores del Congreso, intentando vender su mercancía conceptual de nación a
los nacionalistas, me recordó a los charlatanes
del lejano Oeste, tan bien reflejados en algunas películas, cuando
intentaban convencer de la eficacia de sus milagrosas pócimas a todos aquellos burlones
aventureros. Ni aquellos pistoleros se fiaban del charlatán ni los
nacionalistas confían en los alardes mercantiles de Zapatero.
Decía Jhon Locke, aquel teórico británico de la libertad, que no podía
existir una verdadera democracia sin el correcto e imparcial funcionamiento de
los tribunales y sin la actuación de una policía independiente y neutral ante
los avatares políticos. Jueces y policías garantizan la sujeciónde los ciudadanos al ordenamiento jurídico
vigente y la garantía judicial de los derechos humanos.