Según el rotativo The New York Times, el Estado de Nueva York se está quedando sin dinero, y a finales de diciembre contará con 36 millones de dólares en efectivo pero sólo en el caso de que estire, hasta e l agotamiento, todas sus reservas.
Recuerdo,
cuando yo era un muchacho, vivía en Cuenca un Maestro Nacional llamado D.
Manuel Luque Rodríguez. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los
sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que
le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había
creado él solo, con libros donados por
amigos, instituciones y padres de alumnos.
Durante estos
últimos años estamos presenciando éxitos editoriales sin precedentes de
culebrones literarios, como las historietas mágicas de Harry Potter (más de 400
millones de ejemplares, de 1997
a 2008) o los embrollos del Código Da Vinci (creo que en
torno a 70 millones de ejemplares, de 2003 a 2008), siendo esta novela sólo una parte
de la trilogía que comenzó Dan Brown con su poco impactante “Ángeles y
demonios” y culmina ahora con el
lanzamiento de “El símbolo perdido”. Los editores de ambos autores han venido
desplegando un enorme arsenal de costosos e inteligentes recursos de marketing
sabiamente administrado.
Pero la Sra. Rowling y el Sr.
Brown son sólo exponentes máximos de un movimiento ascendente durante los
últimos años: el de la muy vieja narrativa del misterio. La razón de fondo del
éxito de esta subespecie literaria hay que buscarla en la renovación generacional
del interés humano por lo desconocido, por aquello que las tradiciones culturales
de todos los pueblos han ido clasificando como “mistérico”. La muerte es el
gran misterio subyacente en esa narrativa, por muy rodeada de peripecias que se
nos presente.
El otro día
leí un comunicado de Abdalá II, el rey de Jordania: ``Estados Unidos se
entromete demasiado en Irán; mejor sería si deja a Irán en paz y hace la paz
entre judíos y palestinos, dándoles a estos últimos un estado independiente''.
Me acordé de un dicho de mi querida madre, q.e.p.d.: “No menciones la soga en
casa del ahorcado''. Se refería a que no hay que hablar sobre cosas que ofenden
o que en realidad no son convenientes ni para el que las dice ni para el que
las oye.
La palabra
masón es de origen fráncico (la lengua germánica de los francos, antes de
latinizarse y convertirse en francesa). Procede del germánico mattjion, que deriva
en metze, en antiguo alemán, y en makyon en lengua franca, para transformarse
en maskun o machun, en francés antiguo. Significaba “cortador” o “tallador”.
Steinmetzer era, en alemán, el cantero o labrador de piedras.