Zapatero durante
sus primeros cuatro años le tuvo un miedo cerval a la política exterior y
eludió siempre que pudo los contactos internacionales. A veces, en contra de
las más elementales exigencias protocolarias (recuerden aquello de que le
gustaba dormir todas las noches en La Moncloa). Moratinos interpretó como pudo el
radicalismo progre de su jefe y lo aplicó al ámbito internacional y el
resultado fueron cuatro años perdidos para la proyección exterior de España. De
aquellos primeros años sólo ha quedado esa memez inmensa de la Alianza de las
Civilizaciones y los ridículos esfuerzos de Zapatero por hacerse el
encontradizo con Bush en los pasillos de cualquier reunión internacional. Algo
digno de estudio psicoanalítico dado que el entonces presidente americano
representaba todo lo que más odia y rechaza Zapatero. También de entonces viene
la querencia por toda esa progresía internacional comunistoide de la calaña de
Chávez y compañía. Pero todo —menos esto último- pareció cambiar en este su
segundo mandato. Casi como arrepentido de su anterior abandono internacional,
anunció en un artístico discurso (lo pronunció en el Museo del Prado) que la
política exterior iba a ser una de sus prioridades en esta legislatura y,
ciertamente, desde hace algunos meses, el monclovita presidente está que no
para y no se pierde ninguna ocasión de darse una vuelta por esos mundos. Pero,
¿con qué resultados?
Detrás de la
agitación viajera de Zapatero sigue, no obstante, sin haber nada sólido porque
falta una definición de la política exterior. Una definición que, ciertamente,
debe tener como referencia los valores compartidos por las democracias
occidentales, (expresión redundante porque no hay otras), pero que sobre todo
tiene que basarse en una clara determinación de los intereses de España y de su
papel en el mundo actual. Hablar de la lucha contra la pobreza o contra el
cambio climático, por ejemplo, como los grandes objetivos de nuestra política
exterior, como hace este Gobierno, es una apabullante muestra de falta de ideas
y de legítimas ambiciones. Puro buenismo sin contenido. Esos son objetivos
plausibles que ahora comparte todo el mundo, aunque no todos los sirvan
adecuadamente. Pero no valen como señas de identidad de la política exterior de
un país como España que, por historia y cultura, tiene el legítimo derecho —e,
incluso, el deber- de aspirar a tener un peso e influencia que, en este
momento, es menor - casi insignificante, a pesar de los viajes- que en
cualquier otra etapa de nuestra todavía breve historia democrática.
Seguramente la
raíz de esta política exterior sin pulso está en que, para Zapatero, la
política exterior en sí misma no tiene sustancia si no es al servicio y como
instrumento de su política interior. Zapatero no tiene más objetivo que
perpetuarse en el poder, esto es ganar las próximas elecciones: A esa meta se
subordina todo lo demás. Y en esa estrecha e inmoral concepción la política
exterior sólo sirve para hacerse fotos que después puedan “venderse” a los
españoles, como muestra de lo importante y decisivo que es su papel
internacional. Aparte de la foto, todo lo demás carece de fuste. Y por eso en
el calor de una rueda de prensa puede decir una estulticia como eso de que la
recesión está causada por el cambio climático. Por no hablar de lo que ahora
parece ser su mantra en política exterior: No nos preguntemos qué puede hacer
Obama por nosotros, sino que podemos hacer nosotros por Obama.
La vaciedad de
una política exterior así concebida es evidente. Su único objetivo es estar en
los sitios, algo que, sin duda, está muy bien. Pero, además de estar, hay que
pesar y actuar y ahí su balance no puede ser más pobre. Cualquier español
aprobará que España forme parte ahora del G 20, una vez que parece ser que el G
8 ya no va a ser lo que era. Pero para poco servirá si, como hasta ahora, se
mantienen políticas radicalmente contradictorias a las que aplican los países
más importantes, como nuestros inmediatos vecinos y socios europeos. A veces da
la impresión de que a Zapatero y a Moratinos lo que les gustaría es que España
fuese como uno de esos regímenes populistas andino-caribeños con cuyos
mandatarios se sienten tan a gusto. Además, Zapatero sigue moviéndose en los
foros internacionales como el rústico que acaba de llegar a la gran urbe. Una
actitud propicia a solemnes meteduras de pata como esa tan comentada —de museo
a museo- de la increíble “foto de familia” con Obama. No se pueden hacer peor
las cosas. Y ya es de campeonato que se intente censurar la difusión de la foto
con la apelación al respeto de la intimidad ¡en una foto pública, en un lugar
público, con el presidente de los Estados Unidos! Y es que cuando no se tiene
más objetivo que hacerse una foto con gente importante el resultado puede ser
decepcionante. Una foto, si, pero ¡qué foto! Yo nunca he creído en eso de que
una foto vale más que mil palabras, pero después de ver la famosa foto voy a
tener que cambiar mi opinión.