Escrito por Francisco Bellido de Sant Feliu / RELATOS
viernes, 23 de octubre de 2009
El aeropuerto está a escasa distancia de la
ciudad de Panamá, a la que se llega por una estrecha carretera terriblemente
congestionada por infinidad de vehículos de todas las clases, especialmente por
los autobuses de pasajeros, a los que la gente de la ciudad llama “Chivas” y a
sus conductores “Chiveros”. A las “Chivas” las decoran pintándoles con las
fantasiosas figuras y dibujos policromados, lo cual causa una comprensible
sonrisa a los europeos que por primera vez pisan las calles de aquella ciudad,
que en otro tiempo fue una de las más importantes de todos los territorios del
Imperio de España, ya que servía de comunicación entre la América del Norte y la América del Sur, así como
entre la Costa
del Atlántico con la Costa
del Pacífico.
Cuando se llega a un monumento desmantelado,
dedicado a uno de los presidentes de los Estados Unidos, la carretera de bifurca.
La que parte hacia la izquierda se encamina hacia la ciudad pasando muy cerca
de los resto de la Panamá
vieja, que fue incendiada por los piratas ingleses, siguiendo luego bordeando
la costa, saludando la rotonda en la cual se encuentra, mirando al Pacífico, la
estatua de Vasco Núñez de Balboa. La otra parte de la carretera, se dirige también
a la ciudad justo por el costado contrario, pasado por algunas barriadas
industriales y por los cercanías dela Antigua Universidad
fundada por los españoles llamada “Santa María la Antigua”.
Mi taxi cruzó junto a la plaza de Porras
donde, en un viejo y elegante edificio, se alza la Embajada de España y
finalmente paramos frente al Hotel Costa Inn, muy cercano a la Avenida de España, que
cruza la ciudad por el centro de parte a parte a lo largo de varios kilómetros
atravesando desde los barrios más populares, la zona comercial, los Hoteles
Panamá y Granada, la zona bancaria, la zona industrial y algunas barriadas de
viejas y de nuevas viviendas, desde El Chorrillo y San Felipe, hasta San
Miguelito donde habitan solo gentes de color, hasta otras barriadas de clase
media. Panamá es una ciudad con mucha personalidad.
Al día siguiente de instalarme en el hotel,
me dediqué a visitar a viejos amigos que hacía varios años que no había visto,
en especial a mi viejo amigo Alfonso Tarazzi, que en cuanto supo que me
encontraba en Panamá, vino a recogerme con su elegante coche negro conducido
por un conductor chino y me llevó primeramente a visitar la vieja Sinagoga
Sefardí situada en una de las importantes avenidas del centro de la ciudad y a
todos los amigos judíos que allí dejé, luego quiso llevarme a visitar a los
antiguos amigos de la Logia
de San Felipe, cercana a la
Catedral nueva, al Teatro Nacional y al Palacio Presidencial,
rodeada de jardines y edificada a finales del siglo XIX junto al mar, mirando a
la bahía de Balboa y al puente de las Américas, que cruza el canal de parte a
parte a la suficiente altura para que, bajo su gran arcada, pasen toda clase de
buques que entran o salende las
compuertas del Canal y finalmente nos acomodamos en un viejo restaurante, muy
elegante de Punta Paitilla en donde podíamos comer comida Cashé, mientras recordamos
nuestra vieja amistad nacida años atrás en una de mis primeras visitas a
aquella ciudad.