Escrito por Francisco Bellido de Sant Feliu / RELATOS
viernes, 30 de octubre de 2009
La zona de San Felipe es un barrio entrañable
para los panameños y también para todos aquellos que, después de deambular por
las calles, llegan a este barrio que era la Panamá nueva que tuvieron que reconstruir los
Españoles después del incendio y de la destrucción por los piratas de la
antigua ciudad y que ahora, cuando la ciudad se ha expandido a lo largo y a lo
ancho, este Panamá que fue nuevo, prácticamente se ha convertido ya en viejo.
En sus calles se alzan los históricos edificios del Palacio de los virreyes que
luego fue reconvertido en Palacio presidencial, cuando esta república centro
americana se independizó de Colombia, nación de la cual formó parte desde 1825
hasta ya llegados los primeros años del siglo XIX,por obra y gracia de los intereses económicos
de los “gringos”. En esta barriada se levantan los muros macizos y orgullosos
de la Catedral Nueva
y también, muy cerca de ella, la maravillosa Iglesia de San Felipe, cuyo retablo
de varios metros de alto y otros tantos de ancho, fue construido y elaborado en
tiempos coloniales enteramente en oro.
Cerca de allí, en uno de sus lados, se alza
el barrio del Chorrillo, quizás uno de los más característicos de la población
negra de Panamá. Cuando los Yankis comenzaron a construir el canal trajeron
trabajadores negros de todas las islas de Caribe, procedentes de los abundantes
esclavos, que fueron liberados, los últimos hacia 1881. También se trajo mano
de obra abundante procedente de China, con la promesa de que cuando el canal
estuviera terminado los devolverían a sus lugares de origen, pues hasta aquel
año de 1904 en que comenzaron las obras, la población de color de Panamá, fue
más bien escasa y lo mismo ocurría con la población de origen asiático.
Finalizado el trabajo en la zona del canal, aquella masa de trabajadores, nunca
fue repatriada a los lugares de donde procedían.
Dado que me daba suficiente tiempo hasta la
fecha en que se me anunció la llegada definitiva del buque, uno de aquellos
días me desplacé en una de las “Chivas· que hacían aquel recorrido hasta la
ciudad de La Chorrera,
en donde prestaba sus servicios de Cura Párroco un primo hermano mío, el Padre
Jesús. Realmente no me esperaban, pues no les había avisado de mi llegada.
Acompañado por él, recorrimos la ciudad y finalmente nos fuimos a comer al
Centro Español en donde se reunían un centenar de ciudadanos españoles de todas
las edades, pues en aquel lugar se disponía de restaurante, piscinas, zona de
equitación, jardines, y una gran pista para celebrar eventos diversos, que en
muchas ocasiones servia de pista de baile.
En la Capital también había un lugar como aquel llamado
la Casa de
España. En aquel lugar había muchísimos más servicios que en la casa de España
de la Chorrera,
pues además del restaurante, las salas de fiesta, biblioteca y salones de
esparcimiento para los socios, había campo de béisbol, campo de tenis, campo
para el futbol, aparte de una magnífica pista para la equitación, en la cual se
podía contemplar a las muchachas españolas, montando caballos jerezanos o de
otras elegantes y caras características raciales, eso sí, reservado todo solo
para Españoles originarios y para criollos. Alguien me advirtió: No se te
ocurra venir a este lugar con gente de color. Solo españoles.
Dos días después recibí un telegrama
procedente de Hamburgo en el que se me anunciaba: El buque “Kastor” llegará
mañana a las diez y ocho horas. Entrará en el muelle de Balboa. Preséntese en
dicho muelle y tome el mando del buque. Le estará esperando en el muelle citado
nuestro agente en Panamá el Señor Gedeón Miranda, con una nueva tripulación formada
por diez y seis hombres, los cuales ya se encuentran en esa ciudad a la espera,
alojados en el Hotel Granada. Cuando se haya hecho cargo del mando, comuníquese
por radio con esta oficina para recibir las correspondientes instrucciones.