Sólo los muy
optimistas pueden estar satisfechos de los resultados de la cumbre europea que
se celebró la semana pasada, cuyas declaraciones finales estaban, por cierto,
redactadas y acordadas desde varios días antes, lo que no es una excepción.
Aunque tras el referéndum irlandés de octubre -en el que, por fin, el sí
triunfó de una manera abrumadora- los nervios han desaparecido, persiste una
cierta inquietud por la actitud del presidente checo, Klaus. Este euroescéptico
de manual ya ha prometido que firmará el Tratado de Lisboa, una vez que se
acepta su petición de que las eventuales reclamaciones de propiedad de los
sudetes (todavía colea el viejo asunto de la época de Hitler) se sustanciarán
ante los tribunales checos. Pero todavía esa firma no se ha producido y ese
retraso impedirá que el Tratado pueda estar vigente antes de que acabe este año
2009. Lo que supondrá que la puesta en marcha de las nuevas instituciones
previstas y el nombramiento oficial de las personas que van a encabezarlas
deberá aplazarse, muy probablemente, hasta entrado el 2010. Le va a
corresponder a la
Presidencia española impulsar estos procesos, aunque nadie
puede dudar de que el peso de las decisiones recaerá en el renacido eje
franco-alemán. Merkel y Sarkozy ya han pactado mantener unidad de criterios y
de acción y eso quiere decir que, sin merma del obligado consenso de los 27,
Berlín y París llevarán la voz cantante. Zapatero será poco más que un testigo
de excepción.
Este previsto
aplazamiento no ha impedido que en la pasada cumbre se haya abordado la
delicada cuestión de los nombres: quién puede ser el futuro Presidente del
Consejo Europeo, cuyo mandato será de dos años y medio, renovables por una sola
vez y quién ocupará el segundo puesto en importancia, el de Alto Representante
para la Política
Exterior (los británicos se opusieron a que se llamara
ministro). Zapatero ha dicho que se definió el perfil pero que no se habló de
nombres (?) y afirmó algo que, por obvio, es una boutade: el Presidente tiene
que ser europeísta. ¡Faltaría más! Nadie ha pensado en Klaus, por ejemplo. Pero
Sarkozy ha reconocido que en privado se han barajado nombres. Y ya sabemos que
Blair ha quedado descartado, dicen que porque el Reino Unido es un país de
europeísmo dudoso, pero puede haber otras razones. Algunos vuelven a echar mano
de la guerra de Irak, lo que no deja de tener miga, a estas alturas. Lo que parece
claro es que será una persona del centro-derecha, sector mayoritario en el
Parlamento Europeo y que no pertenecerá a ninguno de los grandes países. Los
jefes de gobierno de éstos no quieren que alguien con el peso de pertenecer a
una de los grandes les pueda hacer sombra. Pero esa figura está pensada para
que sea algo más que un “chairman” que dirige las reuniones y mal empezaríamos
si rebajamos la significación de ese puesto antes de empezar. Los actuales
jefes de gobierno de los países del Benelux o incluso el sueco, actualmente
presidente de turno, tienen, dado este planteamiento posibilidades de estrenar
esa Presidencia que se quiere que dé a la
UE una visibilidad internacional que ahora no tiene. Hace
años decía Kissinger que para hablar con Europa a qué teléfono había que
llamar. El nuevo Presidente será quien tenga esa misión de personificar a una
Europa que afirma querer ser “un actor global”, aunque a veces no acabe de
rematar.
El Alto
Representante de la
Política Exterior pertenecerá al centro izquierda, por
aquello de los equilibrios que con tanto cuidado se mantienen en la UE y no habrá inconveniente en
que proceda de uno de los grandes países. Miliband, el secretario del Foreign
Office, casi se ha candidatado para el puesto y ha insistido en la necesidad de
fortalecer la política exterior europea si la UE no quiere quedar descolgada en un lejano
tercer puesto frente a lo que ha llamado “el nuevo G 2 que se está formando,
compuesto de Estados Unidos y China”. Para llevar a cabo esa activa política
exterior está prevista la creación de un Servicio Europeo de Acción Exterior,
esto es una diplomacia europea que, en uno de los acuerdos de la pasada cumbre,
se pide que esté diseñado antes de que acabe abril del año próximo. Pero para
eso debe estar nombrado el Alto Representante, que será quien dé el visto bueno
al diseño en que ya vienen trabajando los funcionarios de Bruselas.
La cumbre ha
dedicado mucho tiempo y atención a la cuestión del cambio climático y se ha
mostrado dispuesta a que la UE
(esto es, sus países miembros) contribuyan a un fondo internacional…si los
demás también lo hacen, en una indirecta referencia a los Estados Unidos. Se
trata de ayudar a los países más pobres e inmediatamente se ha oído la voz de
los países miembros del centro y el este del continente que, con toda lógica,
han pedido que se tenga en cuenta a los pobres de dentro de la UE, antes que a los de fuera.
Pero todo este tema del cambio climático se supedita a lo que se acuerde en la
próxima cumbre de Copenhague, en la que se estudiará la sustitución del famoso
Protocolo de Kioto. Y, todo hay que decirlo, no se percibe demasiado optimismo
sobre la cuestión. Europa avanza, pero con muchas cautelas. Lo que hace falta
es que lo haga en la dirección adecuada, lo que a veces no está nada claro.