Escrito por Francisco Javier Planelles Segarra / OPINION
domingo, 07 de febrero de 2010
Los
españoles tenemos la sensación de que el presidente del Gobierno del Reino de
España, D. José Luís Rodríguez Zapatero está desbordado por los graves
acontecimientos que a diario acontecen en nuestra vida política, económica,
socio-laboral y empresarial. Es decir, que ¡ya!
no es la persona adecuada para un momento tan delicado como el que actualmente
vivimos. Sensación que, para su desgracia, no tienen sólo los votantes del PP,
sino que otros muchos votantes del PSOE.
Querido lector,
Nadie puede
negar al Sr. Presidente del Gobierno la razón que tiene para desoír el clamor
que se ha levantado en los últimos días pidiendo su dimisión.
El Sr.
Presidente cuenta con la legitimación que le dan los votos que obtuvo en las
pasadas EleccionesGenerales, más el
apoyo parlamentario que le prestan sus conmilitones políticos desde Cataluña,
Andalucía y Vascongadas. Y el Sr. Presidente, como cree que puede contar con
este soporte legal hasta el año 2012, se niega a dimitir en 2010, y trata de
ahogar el clamor contra él, manifestando que la culpa de la grave crisis
socio-económica, política, empresarial y laboral que actualmente vive el Reino
de España es de los demás, es decir, del (FMI) Fondo Monetario Internacional y
sus estructuras financieras, del (BCE) Banco Central Europeo y de su presidente
el señor, Jean-Claude Trichet, del Foro Económico Mundial reunido en Davos días
pasados, del Partido Popular o de la propia jerarquía de la Iglesia católica
española, etc.etc., pero nunca de incompetentes ministros, centenares de
asesores, colaboradores o sindicalistas que rodean su cuerpo como lo hace su
propia camiseta.
Actualmente, el
Sr. Presidente ha creado una situación en la cual nos hace exclamar: “¡Váyase,
Sr. Zapatero!”según punto de vista de más de 4.400.000 personas que
–como yo, estamos desempleados. El problema esencial y crucial que tenemos hoy los
españoles, querido lector de www.gregaldigital.info,
es el de asegurarnos nuestra propia subsistencia personal y familiar; así como,
el de asegurar unos modos de convivencia gratos, ampliamente aceptados,
estables y duraderos, basados, como es natural, en la dignidad y en la justicia
de todos los españoles ante una clase política dominante que ha llegado,
incluso, a liberarse de todos y de todo. Ha llegado, incluso, a liberarse del
propio pueblo, para flotar, liviana y oronda, como las pompas de jabón de un
bobo solemne.
Vistas así las
cosas, el panorama es desolador, es negro, pero, afortunadamente, esa negrura
no es absoluta. Tenemos también el presentimiento de que una era está
agonizando, y otra nueva está a punto de comenzar. Ya la luz se adivina próxima
de una nueva España joven y prometedora cuando una generación entera de
políticos –a derecha e izquierda de nuestro amplio arco parlamentario- ha dado
ya, plenamente, sus frutos amargos, y unas generaciones jóvenes de españoles
bien preparados esperan el apasionante relevo y se consolidan como firme
esperanza del Reino de España.
Son las jóvenes
generaciones incontaminadas de españoles, que han clavado en su corazón el
anhelo irrenunciable de alcanzar una nota diez en todo lo que hacen, que
aborrecen lo mediocre, y que persiguen la excelencia con ilusión. Son las
generaciones que han tenido la fortaleza suficiente para aguantar la furia del
huracán, dotarse del máximo nivel de exigencia y que han sabido salir
esplendorosamente limpias de la travesía por el lodazal.
Estas jóvenes
generaciones dignamente calificadas con diez, son las que, algún día no lejano
amontonarán toda la basura de las corruptelas, falta de valores, etc., que ha
parido nuestra torpe civilización, y harán con ella una gran pira, una pira
purificadora que limpiará de obstáculos el camino hacia una nueva España joven
y prometedora, haciaunacivilización más luminosa y más acorde con la
dignidad humana aquí o allende nuestras
fronteras.
La semilla
prometedora de las generaciones incontaminadas está oculta bajo la tierra, y un
día, ya próximo, germinará con fuerza, para asombro de la actual clase
dirigente que tuvo la fatua pretensión de cambiar nuestra sociedad entera con
solo llenar pesebres de inmundicia y chabacanería. Los socialistas, en su día,
plantaron brotes verdes de esperanza en la sociedad civil española para
cultivar rosas rojas; quisieron una sociedad deslumbradoramente roja, y les
salió gris, tristemente gris y corrupta.
Creo haber
dejado claro que casi ningún dirigente político actual goza de mi admiración.