Castellón Cultural
¿Por qué no prohíben los cerdos? PDF Imprimir E-Mail
Escrito por José A. Aledón Salmerón / OPINION   
lunes, 08 de marzo de 2010

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Algunos antitaurinos, que, hasta las especies más raras tienen existencia en este mundo de Dios, pretenden eliminar del catálogo de fiestas la que más arraigada está en las costumbres de nuestra nación; alegando, para ello, entre sus particulares argumentos, la tortura que se inflige a las reses en este bárbaro espectáculo que culmina en la muerte en la plaza de toros ante un público sediento de sangre, al estilo de los que tenían lugar en los anfiteatros romanos en los que la lucha entre hombres y fieras era cosa común, hasta que los cristianos formaron parte del entretenimiento; o arguyendo que es una atroz costumbre comparable a la ablación del clítoris de las mujeres africanas.

 

 

Pero cuando a este descontrolado amor por los animales se une el nacionalista catalán, ansioso de eliminar todo aquello que cree no es genuinamente identitario, se llega a extremos de solicitar, de exigir, la prohibición. Me siento avergonzado ante la incultura de los que así piensan y desconocen la razón del rito y el arte del enfrentamiento del hombre y el toro de lidia. En este país libre a nadie se le obliga a acudir y gastar sus buenos euros a una plaza de toros a emocionarse con estos, según  esa gente “aberrantes”, pasatiempos. Sencillamente el que no quiera, o al que no le gusten los toros que no vaya, y punto.

 

Traigo, a título de ejemplo una imaginativa anécdota que podría ser real si se llegara al extremo de haber perdido el sentido de la realidad, o lo que es más grave, la razón.

 

“Un día me comentaba un ganadero de toros de lidia, al que le preguntaba cuál era la razón la que no dedicaba parte de aquella hermosa finca a la explotación de los productos del cerdo, como lo hizo algún tiempo en Vich, un pueblo de la provincia de Barcelona, me explicaba dolorido diciendo que sentía auténtica lástima por esos nobles animales que él crió tiempo atrás en unas granjas. No hacen daño a nadie ¾pobres animalitos¾; siempre dóciles ni atacan, ni embisten; sin embargo, con la mayor crueldad que pueda conocerse se les somete, en breve tiempo, a un desmedido engorde en un reducido habitáculo, que nunca abandonan, con el piso lleno del estiércol que producen y cubierto de moscas. Así viven estos pobres animales un par de años, como mucho. Luego viene el estrés del matadero. Transportados, apretados como sardinas, o mejor, como cerdos, en camiones, son introducidos en la estrecha manga al final de la cual un matarife aplica una o varias descargas eléctricas cuando no uno o varios golpes de cachetero. Muerto el animal, el cadáver  es descuartizado, se le extraen las tripas, se rellenan con cebolla y sangre cocidas, o de su propia carne picada con una máquina. Sus cuatro patas son separadas del cuerpo, cubiertas de sal y oreadas en fríos habitáculos hasta quedar perfectamente momificadas. No había derecho a hacer todo esto a este pobre animal. Por eso terminé comprando una finca en Extremadura, donde los toros de lidia pastan y viven libres, cuatro o cinco años, a sus anchas en las dehesas cubiertas de hierba y salpicadas de grises encinas.

 

Cuando terminó de explicarme todo el proceso de la fabricación de chorizos, longanizas, morcillas y jamón, comprendí por qué aquel sensible campesino no le gustaba la crianza de cerdos.

 

A partir de ese momento, comprendido su problema, le propuse que intentara fundar una asociación anti-cerdos. Seguro que iba a encontrar  quien le apoyara. Que convocaran a manifestaciones entres los hipertensos, que exhibieran pancartas frente a las tocinerías y, por supuesto, presentaran una moción en el parlamento catalán, para que los prohibieran. Pero que a mí me excluyera para seguir  disfrutando de las longanizas y el jamón. Y si la moción no triunfaba que les dieran butifarra”.

 

¿Qué os parece? Podría ser algo así, si la cabeza sólo sirviera para adornarla con cascos de vikingo provistos de dos extraordinarios cuernos, en las puertas de las plazas de toros.

 

 

 
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