Algunos antitaurinos, que, hasta las especies más raras tienen
existencia en este mundo de Dios, pretenden eliminar del catálogo de fiestas la
que más arraigada está en las costumbres de nuestra nación; alegando, para
ello, entre sus particulares argumentos, la tortura que se inflige a las reses en
este bárbaro espectáculo que culmina en la muerte en la plaza de toros ante un
público sediento de sangre, al estilo de los que tenían lugar en los
anfiteatros romanos en los que la lucha entre hombres y fieras era cosa común,
hasta que los cristianos formaron parte del entretenimiento; o arguyendo que es
una atroz costumbre comparable a la ablación del clítoris de las mujeres
africanas.
Pero cuando a este descontrolado amor
por los animales se une el nacionalista catalán, ansioso de eliminar todo
aquello que cree no es genuinamente identitario, se llega a extremos de
solicitar, de exigir, la prohibición. Me siento avergonzado ante la incultura
de los que así piensan y desconocen la razón del rito y el arte del
enfrentamiento del hombre y el toro de lidia. En este país libre a nadie se le
obliga a acudir y gastar sus buenos euros a una plaza de toros a emocionarse
con estos, segúnesa gente “aberrantes”,
pasatiempos. Sencillamente el que no quiera, o al que no le gusten los toros
que no vaya, y punto.
Traigo, a título de ejemplo una
imaginativa anécdota que podría ser real si se llegara al extremo de haber
perdido el sentido de la realidad, o lo que es más grave, la razón.
“Un día me comentaba un ganadero de
toros de lidia, al que le preguntaba cuál era la razón la que no dedicaba parte
de aquella hermosa finca a la explotación de los productos del cerdo, como lo
hizo algún tiempo en Vich, un pueblo de la provincia de Barcelona, me explicaba
dolorido diciendo que sentía auténtica lástima por esos nobles animales que él
crió tiempo atrás en unas granjas. No hacen daño a nadie ¾pobres
animalitos¾;
siempre dóciles ni atacan, ni embisten; sin embargo, con la mayor crueldad que
pueda conocerse se les somete, en breve tiempo, a un desmedido engorde en un
reducido habitáculo, que nunca abandonan, con el piso lleno del estiércol que
producen y cubierto de moscas. Así viven estos pobres animales un par de años,
como mucho. Luego viene el estrés del matadero. Transportados, apretados como
sardinas, o mejor, como cerdos, en camiones, son introducidos en la estrecha
manga al final de la cual un matarife aplica una o varias descargas eléctricas
cuando no uno o varios golpes de cachetero. Muerto el animal, el cadáver es descuartizado, se le extraen las tripas, se
rellenan con cebolla y sangre cocidas, o de su propia carne picada con una
máquina. Sus cuatro patas son separadas del cuerpo, cubiertas de sal y oreadas
en fríos habitáculos hasta quedar perfectamente momificadas. No había derecho a
hacer todo esto a este pobre animal. Por eso terminé comprando una finca en
Extremadura, donde los toros de lidia pastan y viven libres, cuatro o cinco
años, a sus anchas en las dehesas cubiertas de hierba y salpicadas de grises
encinas.
Cuando terminó de explicarme todo
el proceso de la fabricación de chorizos, longanizas, morcillas y jamón,
comprendí por qué aquel sensible campesino no le gustaba la crianza de cerdos.
A partir de ese momento, comprendido
su problema, le propuse que intentara fundar una asociación anti-cerdos. Seguro
que iba a encontrarquien le apoyara. Que
convocaran a manifestaciones entres los hipertensos, que exhibieran pancartas
frente a las tocinerías y, por supuesto, presentaran una moción en el
parlamento catalán, para que los prohibieran. Pero que a mí me excluyera para seguir
disfrutando de las longanizas y el jamón.
Y si la moción no triunfaba que les dieran butifarra”.
¿Qué os parece? Podría ser algo
así, si la cabeza sólo sirviera para adornarla con cascos de vikingo provistos
de dos extraordinarios cuernos, en las puertas de las plazas de toros.