Carta abierta a la vicepresidenta Fernández de la Vega
Escrito por Blas de Lezo / Opinión
jueves, 20 de mayo de 2010
Señora de la Vega:
He leído en alguna parte que, con motivo de su visita a un campo de
concentración en el que se conmemoraba el final de la Segunda Guerra Mundial,
aquella que empezaron Hitler y su Stalin en comandita, hizo usted unas
declaraciones en las que venía a decir que había que exterminar todo
recuerdo del nazismo, fascismo y franquismo.
Indudablemente usted no ha aprendido nada a lo
largo de su breve vida como ser inteligente, aunque esperamos que cuando sea
mayor, se informe mejor de nuestra Historia, que ya va siendo hora. Y, ya de
paso, lave su cerebro de la vileza que lo ahoga, y su corazón de la miseria
moral que atesora, porque al encajar al llamado “franquismo” en ese trío
perverso, usted escupe, nos imaginamos que por el colmillo izquierdo, sobre
varios millones de españoles, al parecer simples estúpidos paga impuestos, a
los que no les alcanza ese raro artículo constitucional de que “todos los
españoles son iguales ante la ley”. Sencillamente, tienen derecho, al igual
que los suyos, a que sus sentimientos e ideales sean respetados.
Si usted dice que aquellos españoles que estuvieron
encerrados en Mauthausen luchaban contra el fascismo en pro de la libertad y de
la democracia, usted miente, como es costumbre habitual en esa Vicepresidencia.
Ni los comunistas y sesteantes socialistas, todos marxistas hasta los tuétanos,
ni por supuesto los anarquistas, lucharon por la libertad y la democracia,
sino, siguiendo las órdenes de Stalin, por el archisabido paraíso soviético. A
lo mejor, según usted, los rusos de la URSS, “liberadores” de Europa, luchaban
por esos fines descaradamente defendidos por los decadentes regímenes
occidentales.
Gracias a ese odiado “franquismo”, su padre pudo
trabajar y prosperar, condecoraciones incluidas, en una España que salía del
horror de una república roja bajo la bota del Frente Popular, y usted pudo
evitar las delicias del sistema soviético, alcanzando las glorias del
capitalismo más feroz, que tan bien le van en su quehacer diario. Incluso
usted, ya no es capaz de cantar “La Internacional” con esa mano tan bien
tratada por la manicura, apretada en forma de puño, como paria de la Tierra, ya
sabe, los de la famélica legión.
Y terminado este tema, que está entre lo ridículo y
lo miserable, vamos a introducirnos en otra zona que es íntegramente miserable.
Me refiero al Valle de Los Caídos.
Comprendemos perfectamente que un cerebro
envilecido como el suyo sea incapaz de calibrar el sentido y el símbolo que ese
monumento tiene y representa. No se dan margaritas a los cerdos, aunque
le ruego que tome estas palabras como lo que son: simplemente un refrán. Usted
no duraría, en un simple diálogo público con cualquiera de los que queremos que
ese monumento sea respetado íntegramente, ni un minuto, porque el odio le
impide enterarse de nada y, al igual que la inmensa mayoría de la casta
política de la izquierda y asimilados, no sabe más que tópicos y mentiras, ya
institucionalizados.
Los suyos, incluidos los que huyeron a Francia, y
gran parte de los encerrados en aquel campo de concentración, consiguieron el
record histórico en la destrucción de nuestra Patrimonio. Lo arrasado y robado
es tan gigantesco, que ese Gobierno y esas Cortes domesticadas son incapaces de
abrir una comisión para averiguar el monto de aquella catástrofe que los suyos
provocaron. Ni las desamortizaciones ni la francesada tuvieron la capacidad de
saqueo y destrucción que esos “luchadores por la libertad y la democracia”
mostraron casi desde el mismo día en que se proclamó la república en un genial
y astuto golpe de estado.
Vamos a pasar por alto los crímenes cometidos por
estas joyas “democráticas” que consiguieron, entre otras cosas, la mayor
persecución religiosa de la Historia o experimentos que sirvieran para matanzas
como las de Katin, alargaríamos demasiado esta carta, y acabemos con el
terrible tema del Valle de los Caídos.
Ante la estúpida mirada de una derecha cobarde e
inútil, han conseguido ustedes dominar la situación, de tal manera, que la
destrucción de un monumento que podría ser considerado como la 8ª maravilla del
mundo, monumento a la fe y a la reconciliación, ya tiene fecha. La idea de que
es usted la responsable de lo que allí se haga, que en sus engarfiados dedos
está la decisión talibán sobre Cuelgamuros, pone los pelos de punta.
Porque cuando la estupidez, la ignorancia y el odio van juntos, los resultados
son siempre catastróficos.
Ya dijimos que el odio es mal consejero. Usted sólo
espera ir poco a poco venciendo las pobres resistencias hasta conseguir que un
monumento con este significado y con estas características y dimensiones, sea
destruido. Parece una pesadilla ¿verdad? Pues no lo es. Porque la capacidad de
destrucción que el odio puede conseguir no tiene límites conocidos, y los
gobiernos socialistas, bien rellenos de políticos millonarios y muchos de ellos
corruptos, son capaces de acabar con el Valle de los Caídos y hasta con las
pirámides de Egipto si les dejan solos.
Ustedes han conseguido algo que parecía imposible
desde hace ya casi setenta años: que entendamos perfectamente las causas que
motivaron la guerra civil.
Posiblemente, en las próximas elecciones,, usted y
muchos de sus colegas se irán a disfrutar de sus bienes de millonarios
social-capitalistas, y nos dejarán en paz, pero el pringoso rastro de babosas
que habrán dejado hasta esa fecha feliz, habrá representado para nuestra
Historia como las siete plagas de Egipto, todas juntas en un puño con su
maldita rosa puñetera deshojada y ajada.
Pues eso, que Dios les confunda y mire hacia
España, que ya va siendo hora.
“Blas de Lezo”
PD.- El próximo miércoles, día 20 de mayo, se cumple
el 73 aniversario de la muerte de mi padre, caído (por cierto que por Dios y
por España) en el Barrio del Lucero de Madrid al mando de una compañía de una
bandera de la Legión. Usted, nacida después de esa fecha, beneficiándose de su
sacrificio, no es quien para escupir sobre los ideales de mi padre que son los
míos, ya sabe, un español que al parecer, ante la ley, es igual a usted.