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Hoy queremos rendirle tributo de admiración a aquel escritor italiano, gran humanista, autor de muchos libros traducidos a varios idiomas, y no siempre bien comprendido. Ese hombre fue Pitigrilli.
El decía en uno de sus libros:” La gente no quiere ser ni sacudida ni estimulada en sus convicciones, en sus prejuicios y en sus supersticiones. La tentativa de hacerlas cambiar de idea es un acto de violencia. Pericles, para animar a sus soldados, alarmados por un eclipse, les explicó prácticamente el fenómeno arrojando una capa sobre la cabeza de un soldado, más asustado que los demás por el oscurecimiento de sol.Esta inteligente demostración de la mecánica celeste le valió la acusación de impiedad. Escapó a la pena de muerte gracias a la intervención de un discípulo, que hizo posible conmutar la pena capital por el destierro.No fue por haber contrapuesto una afirmación a una hipótesis por lo que Sócrates tuvo que beber la cicuta, ni tampoco por haber opuesto una teoría a otra por lo que Copérnico, Galileo, Pasteur, tuvieron los disgustos que sabemos, sino por haber sacudido al prójimo de su perezosa lentitud, de la costumbre, de la rutina, del generalizado “es mucho más cómodo creerlo así”.La mayoría se engaña creyendo tener ideas propias, pero no las tiene. Desde el momento que cada uno piensa con el cerebro de todos los demás y se compra (en la escuela o en el vendedor de periódicos) o asimila gratis (en la calle) las ideas hechas, no está dispuesto a renunciar a su patrimonio mental y no se deja extirpar un diente que el estima sano, pero que, en el caso de tratarse de un vulgar error lógico, le sirve espléndidamente para comer. Cada uno defiende con la pistola en la mano el patrimonio de su deficiente pensamiento. Las revoluciones lo enseñan.Si es difícil cambiar y renovar el mobiliario de cráneo ajeno en los establecimientos preparados al efecto (tribunales, academias, asambleas), démonos cuenta de cuanto más ardua, precario e inútil es intentarlo en las reuniones familiares o mundanas, donde la ineptitud para el razonamiento es colectiva, endémica, patológica y solidaria.El consejo más sabio es el de no desencadenar discusiones, no envalentonar a los proveedores y no replicar a los obstinados. Basta con cambiar de tema sin ostentación. El hacer triunfar la verdad (pero ¿qué verdad?) es una satisfacción estéril. Por otra parte ¿cómo es posible alcanzar semejante triunfo? ¿solicitando el arbitraje de un tercero? ¡ay de mí!. No se os ocurra jamás semejante idea de preguntar a un tercero ¿Vd. qué opina?. El mundo estás tan sobrecargado de frívolos, de superficiales y de aproximativos, que puede suceder el elegir como árbitro uno que dará la razón a vuestro contradictor sólo por el placer de colocarse en una posición excéntrica.La sociedad humana está dividida por esos tipos de los que habla Desdémona en el segundo acto de Otelo, “distribuidores de viejas paradojas ridículas, destinadas a hacer reír a los tontos”.Si te tropiezas con uno de esos, ya podrías poseer la sabiduría de Catón y la elocuencia de Demóstenes, que serías derribado a tierra ante la pública opinión por la flecha mojada en el lodo de la más deteriorada indiferencia. La agudeza de un imbécil ha hecho derogar leyes justas y caer ministerios.Ni se os ocurra la idea de apostar. La apuesta es la victoria de un presuntuoso sobre un imbécil, o viceversa. Dejad al prójimo en su error. Acostumbraros a callar. Si tenéis una mujer y una hija, cuando vuestra opinión sea distinta a la suya, dadles la razón y callad. De esta forma aprenderéis a dejar caer la conversación, y suprimiréis la molestia de discutir, para saborear la satisfacción exquisita de la meditación. Evitaréis la pequeña artillería de frases irritantes “tú eres el que siempre……como ves tenía yo razón…. si lo dices tú….En resumidas cuentas, frases que conducen al lanzamiento sobre la cabeza, a la traición calculada, al divorcio y a la crónica negra. Todas ellas, cosas que pueden evitarse (excepto el adulterio) mediante la formula rosa de: Tienes razón, tesoro. Eliseo Forcada Miembro de la Asociación Cultural Cardona Vives |